Huesca o la obstinación por contar el mundo
Crónica del congreso donde los periodistas se reúnen para preguntarse cómo seguir siendo relevantes
A las nueve y media de la mañana, cuando todavía arrecia el frío del Pirineo, llego al auditorio Carlos Saura del Palacio de Congresos de Huesca. Vengo al XXVII Congreso de Periodismo con una mezcla de ilusión y expectativas. Se trata de uno de los encuentros profesionales más veteranos en España, una oportunidad de pararnos, pensar y discutir qué periodismo queremos en estos tiempos de incertidumbre.

En la inauguración me cautivan las palabras de Isabel Poncela, presidenta de la Asociación de Periodistas de Aragón:
“Gente enferma, gente en paro, gente que lo pasa mal, gente que ríe… No hay periodismo que valga si no tiene en el centro a la gente”.
Anoto esta frase en mi libreta. Esto promete.
El periodismo ya no tiene fronteras
El auditorio se llena para escuchar a María Sánchez Díez, editora senior de Narrativas Digitales del New York Times, quien recoge el premio José Manuel Porquet por su “compromiso con la innovación sostenible”.
Su carrera tiene algo de mapa global del oficio. Ha trabajado en Univisión, ProPublica, The Washington Post y The New York Times. Ha impulsado investigaciones colaborativas que cruzan fronteras, idiomas y bases de datos. María Sánchez proyecta su voz suavemente:
“Mientras caen bombas, triunfa la violencia y el tribalismo ideológico, ¿de qué sirve el periodismo? ¿Para qué valen los matices y el rigor cuando las redes refuerzan lo que ya pensamos?”
Y prosigue: “El trabajo periodístico no termina cuando se publica una entrevista; ahí comienza otra tarea: lograr encontrar a los lectores. Una historia que no llega a sus destinatarios es una historia fracasada”.

Mucho que anotar aquí. La premiada menciona narrativas e investigaciones que combinan el talento de equipos multidisciplinares (vídeo, diseño, datos…). Insiste en algo que parece obvio y que, sin embargo, muchos medios olvidaron durante la carrera por el clic.
“Las herramientas cambian cada año. Las historias humanas no”.
Sin duda, la tecnología no salvará al periodismo. Lo salva el contar bien las historias.
A continuación, toma la palabra la corresponsal de TVE en Estados Unidos, Cristina Olea. Habla con la calma de quien lleva años contando la política en un país donde cada día comienza una tormenta imprevisible. O un cataclismo mundial.
En la pantalla aparecen imágenes del presidente Donald Trump en mítines, en el despacho oval, en ruedas de prensa convertidas en espectáculo. Como dice Olea, es “el show de Trump”.
“En Washington el periodismo vive bajo presión constante. No solo porque la política esté polarizada. Sino porque la información se ha convertido en un campo de batalla narrativo”.
Hace una pausa.
“La pregunta ya no es qué ha pasado, sino qué versión de lo que ha pasado se vuelve viral primero”.
Trump está consiguiendo que se hable de él todo el tiempo, con sus constantes declaraciones, y a los periodistas no les queda tiempo para contar lo que le pasa a la gente, las consecuencias de sus políticas, explica Olea. En el auditorio, algunos asienten con una familiaridad incómoda. Lo que describe en Estados Unidos suena demasiado cercano.
Durante años muchos medios europeos miraron la crisis de confianza de la prensa estadounidense como si fuera un fenómeno lejano. Hoy ya no.
Las campañas de desinformación, las redes sociales que premian el contenido emocional, los políticos que atacan directamente a la prensa para erosionar su credibilidad. Nada de eso ya nos resulta exótico.

Al terminar, Olea lanza una frase que se queda flotando en el auditorio como una advertencia.
“El periodismo nunca ha sido cómodo. Pero ahora tampoco es seguro. Y por eso, todos los días, ir, ver y contar, es más necesario que nunca”.
Alude a algo profundo: la progresiva pérdida de la autoridad de los hechos. Lo anoto.
El periodismo que te importa porque te afecta
Surge ahora una conversación inesperada: la relevancia del periodismo local. Moderadas por Quico Chirino (Ideal), comparten sus experiencias Aida Acitores (Palencia en la Red), Alba Fité (Radio Sobrarbe), Eva Defior (La Comarca) y Laura Alcalde (Radio Roselló).
Los medios de proximidad a menudo se consideran la periferia del oficio. Pequeños diarios, radios comarcales, redacciones con pocos recursos. Pero algo está cambiando.
Alba Fité lo explica así:
“Los algoritmos saben qué clicas, pero no saben qué pasa en tu barrio”.
El argumento es potente.
En muchas zonas rurales y pueblos, el periodismo local sigue siendo el único que cuenta las cosas que afectan directamente a la vida de la gente: un centro de salud que pierde médicos, una carretera intransitable por los baches, un ayuntamiento que no hace sus deberes…
Un periodismo menos espectacular, pero más cercano. Y relevante.
“Yo quería ser corresponsal. Llegué a un diario local y la misma semana publiqué una entrevista, un suceso, una columna de opinión… Y me enamoré”, señala Aida Acitores.
“Cuando haces periodismo tienes que incomodar. El político está expuesto y tú ejerces el control”, subraya Eva Defior. “Somos la última puerta cuando todo falla. Entonces te llaman o te lo dicen por la calle: ‘que sepas que ha pasado esto”, añade Laura Alcalde.

Ricardo y Pepe, profesores de periodismo en Zaragoza, me comparten una hipótesis provocadora: “Quizá el futuro del periodismo no esté en competir con las grandes plataformas tecnológicas, sino en potenciar lo que las plataformas no pueden hacer: estar ahí, donde suceden las cosas”.
La libreta comienza a llenarse de jugosas ideas.
La generación que hace de todo
Durante las pausas, el vestíbulo del Palacio de Congresos se llena de conversaciones superpuestas. Un editor habla de newsletters. Dos reporteras discuten sobre TikTok. Una corresponsal veterana explica a un grupo de estudiantes cómo abrirse camino en este mundillo.
Las conversaciones vuelven una y otra vez a tres obsesiones compartidas: recuperar la confianza del público, construir modelos económicos sostenibles, y proteger la función de servicio público del periodismo.
Entre ponencia y ponencia, resuena la misma idea: el periodismo atraviesa una transformación profunda, pero también un momento de oportunidad. Nunca hubo tantas herramientas, ni tanta necesidad social de información fiable.
Ahora es el turno de Marina Enrich, de WATIF, y Marcos García, de KLAB, hábilmente moderados por José Carlos Gil, de Media Festival. Abordan cómo llegar a los jóvenes con “contenidos” elaborados por menores de 30. Todo es muy fast, cool y demás.
KLAB es una iniciativa de Prisa integrada por cinco “creadores de contenido”, tres personas de vídeo y dos redactores. Hablan de moda, belleza, humor, deporte y política. Todo muy informal, con chutes de dopamina. Según confiesa Marcos García, a los creadores de KLAB, “un vídeo de dos minutos y medio ya les parece una chapa”.
Nos explican que lo que se lleva es contar la actualidad en un vídeo mientras cortas zanahorias o te maquillas la cara. Lo llaman dual storytelling (siempre encuentran un palabro para todo). Enrich relata la historia de Punchy, el icónico mono de peluche del equipo de WATIF que ha arrasado en el programa…

Admito que soy boomer, pero todo esto me parece mucho ruido y poco periodismo.
En la mesa “Humor gráfico en tiempos de ruido” participan Óscar Senar (Huescómic), Alberto Calvo (Heraldo de Aragón), Camille Vianier (ilustradora) y Jose María Nieto (ABC).
El dibujante de ABC arranca con una afirmación que invita a pensar: “Contar las cosas a través del humor tiene una ventaja: provoca una respuesta emocional”. En la pantalla se van proyectando las viñetas de los humoristas gráficos; comprobamos su enorme talento mientras arrancan sonrisas entre el público.
Nos desvelan los secretos de su trabajo: cómo escudriñan la realidad para extraer esa idea que se traduce en una viñeta que denuncia, increpa o sorprende, al tiempo que divierte.
Preguntados si van a ser sustituidos por la IA, Calvo es contundente: “La IA es cutre y horrible. Esas herramientas lo hacen todo como muy igual. Cogen de todo lo que hay en internet y producen una plasta”. Insisten en que los humoristas aportan “su sensibilidad, su mirada, el trabajo de su mente y de sus manos, aunque sea más torpe e imperfecto”.
Cuidar al periodista, cuidar el periodismo
Por la tarde, el tema parece diseñado para esta generación: “redacciones al límite”.
Un periodista de un medio nacional toma la palabra. “Antes teníamos periodistas especializados. El de tribunales. La de economía. La de cultura”. Mira al público y sonríe: “Ahora tenemos periodistas especializados en sobrevivir”.
El problema no es nuevo, pero en este congreso parece haber dejado de ser un tabú: la precariedad ya afecta directamente a la calidad informativa.
Un periodista estresado investiga menos.
Un periodista con prisa contrasta menos fuentes.
Un periodista que publica diez piezas al día apenas tiene tiempo para pensar. Y le acaba pasando factura emocional y personal.
Mehdi Lebouachera, editor de la agencia France-Presse, envía un mensaje contundente: “Muchos profesionales reciben amenazas físicas y acoso en las redes. Las más afectadas son las mujeres periodistas. Sus historias nos ayudan a romper silencios. A detectar el estrés y el agotamiento de nuestros equipos, formar a los jefes y ofrecer ayuda profesional”. En AFP han creado una red de apoyo entre pares y cuentan con ayuda psicológica las 24 horas al día.
El caso de Mar Cabra es sintomático. La periodista, después de haber recibido el Premio Pulitzer junto a su equipo por los Papeles de Panamá, sufrió el síndrome del burnout, que la obligó a abandonar el periodismo. “Tres de cada cuatro periodistas creen que hay un problema grave con la salud mental. Y esto en los medios no se publica. Tenemos que hacerlo o nos quedamos sin periodistas”, insiste.
Como asegura Mar Cabra, “eres más importante que tu trabajo. Hemos de ser conscientes de que la democracia y el mundo nos necesita contando lo que está pasando. Tengo compañeros que cubrieron la DANA en Valencia que están de baja porque no recibieron apoyo psicológico de sus medios”, lamenta la ganadora del Pulitzer.

Los periodistas “nos quejamos menos que en otras profesiones”, admiteFernando Rodríguez, fotoperiodista de La Nueva España. Afirma que los propios medios no se hacen cargo de los problemas de salud: “Las empresas no están apostando por el bienestar de sus trabajadores”.
En cambio, los más jóvenes están empezando a marcar límites frente a la cultura del “sacrificio permanente” en la profesión. No quieren quemarse ni vivir sólo para el trabajo; le dan mucha más importancia a su bienestar y al clima laboral en las redacciones.
En algún momento, aparece inevitablemente la palabra que obsesiona a la profesión: credibilidad.
Durante los años de expansión digital, muchas redacciones se obsesionaron con las métricas: tráfico, clics, visualizaciones, engagement… Y ahora el tráfico de los medios se está desplomando entre un 20 y un 60% porque Google Discover ha cambiado el algoritmo y la IA hace innecesario acudir a las webs de los medios…
Durante el congreso, el debate se desplaza hacia algo más difícil de medir: la confianza.
Una periodista comenta con ese tono irónico que sólo dan los años de oficio:
“La gente dice que no confía en los medios. Pero cuando ocurre algo grave, ¿a quién llaman? A los periodistas”.
Durante una pandemia, un incendio o una guerra, la sociedad sigue buscando a alguien que haga tres cosas básicas: verificar, contextualizar y explicar.
Exactamente lo que el periodismo siempre ha hecho.
Las conversaciones que no aparecen en el programa
Al caer la tarde, el congreso abandona el auditorio y se traslada al centro de Huesca.
Las terrazas se llenan de acreditaciones colgando del cuello. Aquí es donde el debate se vuelve realmente interesante.
En una esquina se habla de IA. En otra se discute sobre suscripciones. Un grupo de estudiantes charla con un corresponsal sobre cómo sobrevivir en una cobertura bélica. Se ha hablado de Gaza, de “Silenciar la verdad”, abordando las dificultades de informar en zonas de conflicto. Intervinieron Kayed Hammad (fotoperiodista gazatí), Cristina Saavedra (Global Humanitaria), Núria Garrido (corresponsal de EFE en Jerusalén) y Sindo Lafuente (Fundación Por Causa).
En una mesa del bar, escucho discutir a varios colegas.
—Los medios que sobrevivan serán los que construyan comunidad —dice una.
—O los que tengan dinero —responde otra.
Las conversaciones se cruzan con la facilidad con la que circulan las noticias en una redacción.

Alguien habla de newsletters con diez mil suscriptores fieles o podcast con millones de escuchas. Una periodista incide: “El periodismo nunca ha sido un negocio fácil. Pero ahora no sabemos qué negocio es”.
Un profesional veterano hace una reflexión que resume muchas de las conversaciones de estos dos días. “Cada generación cree que el periodismo se está acabando. Primero, llegó internet. Después las redes sociales y los móviles. Luego el vídeo y YouTube. Y ahora, la IA”.
Se encoge de hombros.
“El periodismo no se acaba. Sólo se transmuta y cambia de forma. Sin embargo… no sabemos qué tipo de periodismo sobrevivirá”.
Innovar para no desaparecer
Durante dos días, el Congresose convierte en un laboratorio donde la profesión se mira al espejo. Periodistas veteranos, reporteros, estudiantes, editores y corresponsales se preguntan lo mismo que se debate en muchas redacciones: cómo seguir siendo útiles para la sociedad en medio de la desconfianza, la polarización y el ruido en las redes.
La última mañana tiene un tono más reflexivo.
En la sesión sobre innovación, arranco recordando a alguien muy especial:
“El 13 de marzo de 2009, hace justo 17 años, más o menos a esta hora, en este mismo Palacio de Congresos, intervino un periodista muy querido y respetado por toda la profesión: Mario Tascón. Dejadme que os cuente quién era Mario, especialmente a los más jóvenes que no llegasteis a conocerle. Le considero un pionero del periodismo en internet. Creó la web de El Mundo, lo ficharon en Prisa para desarrollar la web de El País y otros medios del grupo, y en 2009 lanzó lainformacion.com, un nativo digital muy innovador, adelantado a su tiempo. Mario era muy generoso y siempre estaba dispuesto a echarte una mano”.
Destaco cómo Mario concebía la innovación, a partir de comprender el entorno e identificar los problemas, idear una solución creativa y desarrollar esa propuesta para que funcione.
Las ponencias rezuman talento.

Sara I. Belled, redactora jefa de Narrativas en Colpisa (Vocento)subraya que el objetivo de estos formatos es “una conversación con el lector” y recomienda “huir de los fuegos artificiales”. Las narrativas permiten interactuar con los usuarios, “conversar en diferentes idiomas” (sumando audio, vídeo, visualizaciones, infografía…) o jugar con elementos como el color.
Belled incide en la colaboración: “trabajamos en equipo con la redacción, para sumar inmediatez y voz propia”. Estos formatos permiten crear cercanía con los lectores, marca y confianza en el medio. Su mensaje es inspirador: “Nunca ha habido un momento mejor para las narrativas”.
Emma Esser, periodista visual en El Confidencial (acaba de fichar por ABC) insiste en que “el diseño moldea y transforma la información”, por lo que “determina si una historia se entiende y construye confianza. Va mucho más allá de lo estético, es una herramienta para transmitir mensajes con sensibilidad e impacto”.
Esser explica que “el mal diseño salta a la vista, pero el bueno pasa desapercibido” porque funciona con intención, “sabiendo qué mensaje quiero transmitir”. Un buen diseño implica “entender cómo se consume la información y sumar recursos y perfiles profesionales”.
Santiago Tejedor, director del Gabinete de Comunicación y Educación de la Universitat Autònoma de Barcelona afirma que “la pregunta no es qué puede hacer la IA en el periodismo, sino qué debe hacer el periodismo con la IA”. Aboga por la transparencia editorial, los límites éticos, la voz editorial y la supervisión humana. “La IA abre muchas oportunidades, porque se puede hacer prácticamente todo”, apostilla.
Esa mañana Clara Jiménez Cruz y Carlos Hernández, de Maldita.es, nos relatan su infatigable lucha contra la desinformación. Varios periodistas responsables de proyectos documentales comparten sus experiencias: la joven AldaraDiéguez, que en su Trabajo fin de grado elaboró un podcast sobre el padre de Georgia Meloni; la metodología que sigue el equipo de Izaskun Pérez, responsable audiovisual de elDiario.es, y los consejos del documentalista Tomás Ocaña para convertir una historia buena historia en un gran documental.
El Congreso se cierra con una conversación entre Ignacio Escolar (director de elDiario.es) y Jan Martínez Ahrens (director de El País), quienes coinciden en que el periodismo atraviesa una etapa especialmente compleja desde la crisis del modelo tradicional.

La pregunta que sobrevuela el Congreso
Si hubiera que resumir lo que hemos tratado durante 15 sesiones muy intensas en una pregunta, sería esta: ¿cómo hacer un periodismo que siga siendo útil para la sociedad?
No se trata solo de tecnología o de audiencias. Las conversaciones vuelven una y otra vez a tres obsesiones compartidas: recuperar la confianza del público, construir modelos económicos sostenibles, y proteger la función de servicio público del periodismo.
Entre ponencia y ponencia resuena la misma idea: el periodismo atraviesa una transformación profunda, pero también un momento de oportunidad. Nunca hubo tantas herramientas, ni tanta necesidad social de información fiable.
Es justo agradecer al equipo que hace posible el éxito de esta cita anual en Huesca: Livia Álvarez, directora y alma del Congreso; Fernando García Mongay, creador del evento; el dúo de Caminos Ivarz, maestras de ceremonias; Maribel Martín, secretaria técnica que cuida hasta el último detalle; Paúl Alonso, regidor al que no se le escapa una… Y tantos otros. Un equipo de 10 para un congreso sobresaliente.
Algunos periodistas se quedan hablando en pequeños grupos, intercambiando contactos, buscando colaborar en algún proyecto.
En mi libreta me llevo muchas frases subrayadas, nombres, ideas… También algo más difícil de describir. Una sensación.
En Huesca hemos hablado de crisis económica, desinformación, algoritmos, precariedad y pérdida de credibilidad. Y, sin embargo, en ningún momento he tenido la impresión de que estos periodistas estuvieran dispuestos a tirar la toalla, a abandonar el oficio.
Todo lo contrario.
Estaban allí porque creen —a pesar de todo— que sigue siendo necesario.
Esta profesión no sobrevive por nostalgia. Ni por tecnología. Ni por tradición.
Sobrevive porque siempre habrá alguien que quiera entender lo que está pasando. Y alguien dispuesto a contarlo.