El valor del periodismo: el caso de The Spain Report

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Periodista y creador de The Spain Report.

En el Máster en Innovación en Periodismo me pidieron hace tiempo que escribiera algo sobre la última década de The Spain Report. Lo cierto es que, después de estos dos años de pandemia, yo mismo estoy dudando sobre el valor de algunos aspectos del periodismo. Pero una promesa es una promesa, así que aquí van algunas reflexiones sobre cuatro o cinco momentos de esos dos lustros para compartir mis aprendizajes. Espero que sean útiles y que me ayuden a reflexionar un poco mejor mientras escribo: ¿qué valor tiene el periodismo y cómo podemos crearlo?

2013: accidentes de tren

Nada más comenzar el año 2003, yo mismo estuve en un grave accidente de tren aquí en España (en Tobarra, Castilla la Mancha). Aunque venía de hacer entrevistas en Moscú y esa semana escribí la crónica para La Opinión de Murcia (el primer artículo que me publicaron en español), el accidente hizo que durante unos años reflexionara y me dedicara a otras cosas (traducciones, clases, etc., soy lingüista de carrera).

Diez años más tarde, en 2013, el mismo mes que lancé The Spain Report como proyecto, el primer gran tema fue… un grave accidente de tren (el del Alvia en Angrois, Santiago de Compostela). 

Los vecinos de Angrois asisten a una misa ofrecida por el párroco en el lugar del accidente una semana después. Santiago, 2013

Casualidad o no (allá cada uno con sus teorías existenciales y el significado del todo), cubrir esa noticia esa noche y luego subirme dos semanas a Galicia para hablar con todos acerca de eso e investigar sobre el terreno -desde el bombero que estuvo en el amasijo de hierros sacando cadáveres y víctimas hasta la directora de medicina forense, la jefa de Urgencias del CHUS esa noche, el alcalde de Santiago, los vecinos testigos de Angrois o incluso el párroco local- sobre el sentido de la vida ante tanta tragedia repentina. Fue una especie de catarsis para mí, un viaje de superación personal.

Los lectores valoraron el esfuerzo: sin sus contribuciones, el viaje no habría sido posible, y todo costó lo que costó; pero el precio real fue enfrentarme a los demonios personales del 2003 para avanzar en ese camino profesional.

2014: repúblicas y reyes

Desde el elefante en Botsuana con el Rey ahora emérito y entonces aún reinante y su repentina disculpa mediática en la puerta de la habitación del hospital, los expertos constitucionales habían estado preocupados por la sucesión. Eran los años en los que aún duraba la anterior crisis financiera con problemas en la eurozona y un paro histórico en España. En mayo de 2014, de repente apareció de la nada Podemos con sus cinco eurodiputados. Al día siguiente, Rubalcaba dimitió o, mejor dicho, anunció que dimitiría. A la semana, Rajoy anunció la abdicación del Rey. “La casta”, que decía Iglesias en sus arengas pseudo-revolucionarias, estaba asustada. De repente, hubo incertidumbre al más alto nivel. No sabían qué pasaría con el PSOE. Temían que Medina resultara elegido y que se volvería republicano. Pedro Sánchez, en ese momento, era el chico bueno de Susana Díaz y Pepe Blanco. 

Fueron semanas emocionantes como testigo del espectáculo nacional, desde la Puerta del Sol llena de republicanos el día del anuncio de Rajoy, hasta las conversaciones con senadores en el interior de la Cámara Alta sobre cómo funciona esa parte del sistema, o el ver a Rajoy, Guindos y Montoro intentar vender bonos a los inversores internacionales en el Casino, a 200 metros de dónde decenas de miles de personas habían estado reclamando una república horas antes hasta ver al nuevo monarca salir por la puerta del Congreso algunas semanas después. En algún sitio tengo las fotos de familia que les hicimos al salir. Ahí estaba la cúspide de la pirámide política nacional: Reyes, Gobierno, Senado, Congreso, comunidades autónomas, diplomáticos, militares, Iglesia. Todos. Artur Mas incluido, en un descanso que se permitió mientras calentaba a los separatistas en Barcelona.

Foto de familia del Estado español, al salir todos del Congreso tras la proclamación del rey Felipe VI. Madrid, 2014

Son niveles de la vida nacional que la mayoría de los españoles no pueden ver nunca en persona y que dan para todo tipo de teorías conspiranoicas. Pero existir, obviamente existen. Y poco a poco hay que ver y hablar con todos los niveles de una sociedad para entenderla mejor.

2019: los juicios

El seguimiento del separatismo catalán se intensificó en 2017 y todo lo que pasó ese octubre me llevó directamente a la Fiscalía, a la Audiencia Nacional y al Tribunal Supremo. Empiezas llamando un día para pedir el primer auto y acabas dos años después haciendo una crónica diaria en directo de todo el juicio, los cuatro meses enteros. Y en vez de tener que ir a buscar a la sociedad, 500 testigos desfilan ante el tribunal para contar su versión. Mientras, aparecían abogados, fiscales y jueces en Twitter para guiar mis crónicas y análisis. De nuevo fue un tema de alto nivel sociopolítico, la posible separación histórica de la Nación, nada menos. En uno de los viajes al Supremo ese año, recuerdo llegar a la conclusión de que en el fondo era otro tema entre las élites: las catalanas y las nacionales.

Mensaje que la madre de Gabriel Cruz le dejó en un tablón de anuncios tras ser condenada su asesina. Almería, 2019

Ese otoño, y de nuevo gracias a las suscripciones de los lectores, bajé a Almería para el segundo juicio que cubrí ese año: Ana Julia Quezada, por el asesinato del niño Gabriel Cruz. Del nivel más alto en una sociedad en el Supremo al nivel más cruel y bajero y doloroso que existe. No hace falta repasar el horrible crimen aquí, basta con apuntar a nivel profesional el intenso trabajo con las crónicas diarias, que sólo pudimos empezar después de las sesiones del juicio, que eran por la mañana. Terminábamos cada día a la hora de cenar. Fue un tema muy mediático por toda la atención nacional que se había prestado a la desaparición y búsqueda de Gabriel 18 meses antes, y por el comportamiento criticable de muchos medios con esos casos, que viene de lejos (recomiendo ver el documental de Netflix sobre “El caso Alcàsser”).

(De paso, acabamos tres en el camping de Cabo de Gata destrozado de madrugada por las lluvias torrenciales de la DANA, recogiendo testimonios en el barro.)

Por alguna razón que sigo sin entender, en el juicio del Supremo fui el único periodista internacional que hizo el seguimiento del juicio entero (ni la BBC, ni Reuters, ni nadie más) y en Almería, de 130 periodistas acreditados, sólo cuatro lo cubrimos entero desde dentro de la sala de vistas, con todos los detalles. Hay valor en presenciar bien las cosas y escribir crónicas precisas.

2020: la pandemia

A partir de finales de febrero de 2020 y durante el confinamiento duro hasta ese primer verano Covid, hubo una explosión de interés informativo por lo que estaba pasando. Niveles de incertidumbre y desconfianza máximos a nivel nacional, como en todos los países. No pude ni leer todos los wasaps o tuits que llegaban de lectores con comentarios o fuentes con documentos de un hospital o un registro en algún rincón de España. Y luego, aquellas ruedas de prensa propagandísticas insoportables desde Moncloa. En esos primeros meses hubo un exceso de declaraciones y datos oficiales y una gran falta de periodistas en hospitales y residencias. La respuesta y el apoyo de los lectores fue excepcional.

La cantidad de lectores en Twitter al comenzar la pandemia. Marzo de 2020

Todo tenía que ser más visual, más real. A partir del verano, me centré más en Murcia para intentar llegar a alguna zona Covid aquí y para asistir a las ruedas de prensa del Gobierno regional, para hacer esas preguntas libres que en teoría debemos hacerles a los políticos. Ahí hubo resistencia y obstáculos por un tubo, burocrático y político. Fueron meses muy intensos, con muchas broncas. Pero con la ayuda de algunos médicos y enfermeras y auxiliares buenos, lo logré al final. Tenemos esos documentos históricos. Pudimos hacer público, traer a la opinión pública, algo que la sociedad no había visto y algo que los políticos no querían que se viera. No tengo problemas con hacerles las preguntas difíciles a los políticos en directo, pero dudo que sean muy útiles como parte del todo, más allá del espectáculo democrático. Hay que hacerlas, pero ¿reflexionan los políticos? ¿Cambian algo?

Un médico en la zona Covid de Urgencias en el Hospital Reina Sofía. Murcia, noviembre de 2020

También con la pandemia hemos visto una explosión de “fake news”, teorías conspiranoicas y creyentes en dichas teorías, que por mucha información o documentación o expertos o ejemplos que se haya buscado, no hay manera de hacerles entrar en razón. No quieren. Lo ven como un ataque. Vivimos tiempos de tribus y creencias y lealtades grupales cuasi religiosas. Quizás siempre fue así sin que fuera tan evidente.

¿Y ahora qué?

En cada momento que he esbozado, y en muchos otros que no caben en estas líneas, ha confluido algún acontecimiento nacional digno de ese primer borrador de la historia con el interés y la atención de los lectores (varios miles al principio, varias decenas de millones al mes al principio de la pandemia) y conmigo y lo que haya podido aportar como periodista, más analista o más cronista según el momento. Temas distintos, años distintos, formatos distintos, obstáculos distintos. Algunos artículos son de seguimiento de la última hora, otros son reportajes a fondo. Unos abordan el nivel más alto de una sociedad a nivel nacional, otros ahondan en el barro, en los pasillos o en las trincheras de accidentes o pandemias.

Al fin y al cabo, los lectores lo han entendido y valorado como periodismo. Y aquí sigo, 10 años después. Gracias a esos lectores y a sus contribuciones. Unas semanas de reflexión sobre lo vivido en esos dos lustros y sobre los valores últimos que nos guían no nos vienen mal. Aunque en estos momentos dudo de algunos aspectos del periodismo, acabaré rectificando lo que haya que mejorar. Nos esperan muchas noticias más.

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