Trabajo pensado vs trabajo pesado: ¿Cómo mantener el aura para seguir brillando en el periodismo?

Hace unos días, en su boletín Error 500, Antonio Ortiz planteaba una pregunta incómoda: ¿qué protege a los periodistas que usan IA de volverse sustituibles? Según él quería creer, la marca personal, la conexión con la audiencia y la confianza acumulada. Y decía: “Me gusta pensar que el valor último que un creador humano puede ofrecer (lo que realmente no es computable y automatizable) no es la técnica, ni la velocidad, ni siquiera el criterio editorial en abstracto. Es la voluntad de crear que nace de un estar en el mundo. Es haber vivido y querer contar algo”.

¿Podemos mantener el aura en el periodismo usando la IA? Creo que sí. Pero exige distinguir entre dos tipos de trabajo: el pesado y el pensado.

image alt text © Lauren McCarthy

El trabajo pesado es todo aquello que consume tiempo y recursos. La IA ya es extraordinaria para ayudarnos en eso: recolectar grandes volúmenes de datos, detectar patrones en imágenes, transcribir horas de audio, traducir entrevistas, geolocalizar archivos, limpiar bases de datos, generar visualizaciones o escribir código sin saber programar. Todo eso acelera la producción periodística. Pero ninguna de esas tareas, por sí sola, produce buen periodismo. Solo crea nuestra materia prima.

El valor aparece cuando entra el trabajo pensado: la idea de partida, la pregunta bien formulada, el ángulo original, la verificación, la edición con criterio, la decisión de qué es relevante y qué no. La IA puede ayudar a procesar información, pero no decide por qué una historia merece ser contada ni qué significa para una comunidad. Como decía el profesor José Alberto García Avilés, “el algoritmo te puede decir qué titulares se comparten más, pero no sabe qué titular conseguirá que un ministro no duerma esta noche”.

La IA es un fenómeno global epistémico, no una simple herramienta, que está transformando la cultura y la mentalidad profesional. Lo podemos comprobar en la recopilación que Patricia Ventura ha hecho de casi 400 casos de uso de la IA en medios de todo el mundo. Se trata de una carga de profundidad que afecta al criterio editorial, a la creatividad profesional y a la jerarquía informativa.

En muchas redacciones se utiliza como herramienta de apoyo (resúmenes, traducciones, transcripciones, análisis de datos o detección de tendencias) lo que sugiere una inclinación al ahorro de tiempo y a la optimización del trabajo pesado. Al mismo tiempo, aparecen usos más creativos que revelan un desplazamiento desde tareas repetitivas hacia aplicaciones con mayor potencial narrativo y analítico.

image alt text © Paolo Cirio

Entonces, ¿dónde queda el aura?

Si por aura entendemos esa capacidad de un producto periodístico por emocionar, dar confianza y conectar, no nace de la eficiencia o el ahorro de tiempo. Lo hace de la intención y de la mirada del periodista cuando se enfrenta a una página en blanco o a una agenda saturada de desinformación, propaganda y ruido. Surge de la pregunta que nadie más se está haciendo. Es decir, del trabajo pensado.

La IA puede multiplicar la capacidad productiva de una redacción. Puede permitir investigar más, comparar más, analizar más. Pero no reemplaza la curiosidad, el escepticismo ni la sensibilidad para detectar lo que importa o fijarse en un detalle que una máquina no puede ver, como la ironía o el humor. La simple supervisión no basta para que un producto sea brillante.

image alt text © Trevor Paglen

Detrás de la ola inmensa de experimentación que baña todas las áreas del periodismo tiene que seguir existiendo la chispa humana que se pregunta:

  • ¿qué historias podré contar que nadie ha contado?

  • ¿cómo podré presentarlas de forma más brillante?

  • ¿de qué manera pueden ser útiles a mis audiencias?

El riesgo no es usar la IA. El riesgo es usarla solo para producir más contenido y menos pensado. Quizá el “aura” deje de depender de la ejecución artesanal y pase a residir en la mirada, la firma y el estilo. ¿El periodista como director de orquesta de agentes? Sí, uno que sepa qué pedir a las máquinas, qué aceptar de ellas y qué descartar. Conservará el aura el periodista que tenga algo que decir y asuma la responsabilidad de decirlo. El que someta a la IA al servicio de su mirada personal y editorial.

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