Matthew Dicks, experto en storytelling: “Si contamos historias en clase, conseguimos que los estudiantes se concentren, estén atentos y recuerden mejor lo que explicamos”
Matthew Dicks es un contador de historias, autor de novelas de éxito y profesor de primaria en Connecticut (Estados Unidos). Sus libros se han traducido a 25 idiomas y ha ganado 62 concursos de Moth Story Slam de Storytelling. Dicks trabaja con empresas como Amazon, Google, Microsoft, Lego y Johnson & Johnson, así como con instituciones y ONGs, para enseñar a contar historias cautivadoras. En España ha publicado “El arte contar historias” y “Las historias venden”. Charlamos sobre cómo contar historias ayuda a los docentes a conectar con los estudiantes y que recuerden los contenidos de las asignaturas. Las historias son algo tan antiguo que se han convertido en una innovación revolucionaria.

P: ¿Por qué se hizo profesor?
R: Crecí en un lugar donde mi casa no siempre era el mejor sitio para estar. No siempre recibí el apoyo que necesitaba, pero la escuela resultó ser un lugar que siempre fue seguro para mí, donde había adultos que me prestaban atención. Por eso, me sentí atraído por la idea de permanecer en ese entorno durante toda mi vida.
Además, de modo inherente, me gustan los niños. Creo que son más honestos que los adultos. Y puedes decirles las cosas de una forma directa, que marca una diferencia en sus vidas. Pasar tiempo con los niños era algo que quería hacer a toda costa. Años más tarde, mi esposa me escuchó responder a esta pregunta y me dijo que había otro par de razones por las que quería ser profesor. Una es que no soporto que me digan lo que tengo que hacer. Y, en esencia, enseñar consiste en cerrar la puerta y gobernar tu propio “reino” durante un periodo de tiempo.
Hay directivos que piensan que tienen voz y voto sobre lo que ocurre en el aula, pero en realidad carecen de ningún control. No soporto estar bajo el yugo de otra persona. Así que la independencia y la creatividad que me ofrecía la docencia me resultaban muy atractivas.
P: ¿Y por qué contar historias (Storytelling) tiene un efecto poderoso en los estudiantes y en su capacidad de aprender a través de los relatos?
R: Creo que los mejores profesores suelen ser aquellos a quienes sus alumnos conocen de forma personal y significativa. Cuando pienso en mi etapa escolar, había ciertos profesores que para mí eran como cajas negras. No tenía ni idea de cómo eran fuera del colegio.
Raramente sabía si tenían hijos propios. Y esos eran los profesores que más dificultades tenían para enseñarme y para conseguir que me portara bien, porque eran meros transmisores de contenidos. En cambio, para los profesores a los que llegué a conocer a nivel personal, quería hacer las cosas bien. Quería impresionarlos, hacerlos felices.
Contar historias nos brinda la oportunidad de mostrar a nuestros alumnos exactamente quiénes somos. Y a través de esa lente, los estudiantes pueden verse reflejados. Pueden ver a una persona que se preocupa por ellos, que significa algo para ellos.
Cuando contamos historias, la química cerebral cambia de forma significativa. Si le cuento una historia a mis alumnos, libero oxitocina, dopamina, cortisol y serotonina, sobre las que no tienen ningún control. Es una realidad biológica fundamentada en la evolución.
Durante la mayor parte de la historia humana no pudimos comunicarnos mediante la palabra escrita. La escritura es algo muy reciente en términos evolutivos. Nuestro cerebro está diseñado para las historias. Por lo tanto, si inicio mi lección con una historia, inundo el cerebro de mis alumnos con sustancias químicas que me permitirán ser mejor profesor. Les permite concentrarse, recordar mejor lo que digo y estar más atentos a mi explicación. ¿Por qué no aprovechar esa química cerebral al mismo tiempo que te conviertes en alguien con quien tus alumnos pueden sentirse conectados?

P: Me encantaría que nos diera un ejemplo práctico de una historia que podría compartir para mostrar ese efecto tan poderoso del que estamos hablando.
R: Cuento historias durante toda la jornada escolar. A menudo empiezo hablando de algo que ocurrió el día anterior. Un ejemplo sería cuando voy a introducir un concepto matemático nuevo y desafiante. Pongamos que voy a enseñar la división larga a niños de 10 años, un proceso que probablemente nunca van a utilizar en sus vidas. Los adultos no hacen divisiones largas. Tenemos calculadoras que nos permiten hacerlo; rara vez necesitamos dividir 93.702 entre 86. Pero queremos que los niños entiendan cómo funcionan las matemáticas. Queremos que trabajen en su capacidad para afrontar algo difícil. Por tanto, empezaría no con las operaciones matemáticas, sino con una historia.
Probablemente, lo primero en lo que pensaría es: ¿en qué momento de mi vida tuve que afrontar algo que parecía difícil, irrazonable e innecesario, cuando sentí una enorme frustración? Dependiendo del día, me inclinaré por el humor si creo que necesitan algo de diversión, o por la inspiración y el ‘pathos’, si necesitan que se les conmueva. Como tengo multitud de historias entre las que elegir, no me resultaría difícil encontrar una.
En este caso, digamos que me gustaría ser divertido. Entonces les diría a mis alumnos:
Estamos en 2009 y mi hija Clara tiene 3 meses. Mi esposa Alicia se ha ido a tomar un café con sus amigas y he decidido impresionarla dándole a mi hija su primer baño. Nunca he visto cómo se hace, pero soy un ser humano, no va a ser difícil. Tengo un fregadero y una manguera. Creo que no será muy diferente de lavar la olla en la que cociné arroz anoche. Básicamente voy a hacer lo mismo: la voy a enjabonar, la voy a aclarar y habré terminado. Así que cojo una toalla y la pongo sobre la encimera para secarla cuando termine. Lleno el fregadero de la cocina con un poco de agua. Tengo que asegurarme de que no se vaya a ahogar. La levanto, pongo su cuerpecito desnudo en el fregadero e inmediatamente descubro que algo ha salido mal. No soy capaz de sostener al bebé en el agua y, al mismo tiempo, poner jabón en un paño de cocina y restregarlo. Mientras lo hago pienso que tal vez el paño de cocina no sea la elección correcta.
Descubro que Clara está mucho más resbaladiza de lo que jamás imaginé y que se mueve. No había previsto que se movería; pensaba que se quedaría muy quieta. Resulta que no se queda quieta en absoluto. Y si el agua le toca la cara, empieza a llorar. Incluso aunque no le entre en los ojos, con que le toque la mejilla ya le molesta. Y Clara ha descubierto cómo salpicar y parece que le encanta. Así que, en lugar de ayudarme, lo está dejando todo hecho un desastre.
Pienso que el detergente para platos que estoy usando probablemente no sea lo más adecuado. Lo más seguro es que haya diferentes tipos de jabón y que tal vez lavarla como a una olla de arroz no sea la forma correcta. Así que abandono el plan.
La aclaro rápidamente; me resulta muy difícil porque sostenerla es realmente complicado. Y luego no sé qué hacer con ella. Así que cojo la toalla y extiendo a Clara en el escurridor de platos. Y la cojo y la pongo sobre la toalla en el escurridor.
Y justo cuando la pongo en el escurridor, oigo que se abre la puerta de casa y entra mi esposa.
Mi sueño era que Clara ya estuviera lavada, con el pijama puesto y el pelo peinado. Todo perfecto. Pero en vez de eso, cuando mi mujer entra en la cocina, ve lo que acaba de pasar. Ve el jabón de los platos y el paño. Ve a su hija lactante en el escurridor envuelta en una toalla. Ve el fregadero de la cocina… y a pesar de todo, no me mata. Hay cuchillos muy cerca que fácilmente podrían haber acabado clavados en mi espalda y ese habría sido mi fin. Y seguro que me lo habría merecido.
Pero no hace eso. Mi mujer mantiene la calma y me dice:
-Escúchame atentamente. Bañar a un bebé es un proceso y tenemos herramientas. Hay una bañera especialmente diseñada que, al parecer, nunca has visto. Hay jabón especial. Hay muchas cosas para ayudarte a hacer este trabajo. Y tú lo has hecho de la peor manera posible que he visto en mi vida. Dame a Clara ahora mismo porque tengo que quitarle el detergente. Primero solucionaré este lío y luego te enseñaré el proceso.
Y me lo enseña. Lavar a un bebé resulta un proceso muy complejo. Algo que nunca querría volver a hacer, pero que haré cientos de veces y con el tiempo lo aprenderé.
Niños, hoy no os voy a enseñar cómo lavar a un bebé desnudo. Deberíais alegraros por ello. Pero os voy a enseñar algo igual de desafiante para mí: las divisiones largas. Algo que en realidad nunca más tendré que volver a hacer porque mis hijos ya han crecido. Nunca más tendré que lavar a un bebé, pero hubo un momento en mi vida que tuve que aprender a hacerlo. Aunque sabía que después nunca tendría que volver a hacerlo. Eso es la división larga para vosotros. Es algo difícil que vais a tener que aprender y que tal vez nunca volváis a usar en vuestra vida, pero hoy y durante las próximas semanas, vais a tener que aprender a hacerlo porque es necesario para estar en quinto curso.
Contaría esa historia. Es mi forma de conseguir que se rían, que reconozcan que eso es como otras cosas difíciles que hemos de aprender; a veces aprendemos algo que nunca volveremos a hacer el resto de nuestra vida, pero aun así tenemos que aprenderlo. Aprenden un poco sobre mí y, lo más importante, les demuestro que al principio fui un fracaso total, pero que con el tiempo aprendí a hacerlo. Porque ese día en el que enseño la división larga, la mayoría de ellos van a fracasar al principio. Es un proceso que lleva muchos días. El primer día terminas sintiéndote muy tonto, exactamente como me sentí yo aquel día. Así que esa sería la historia que les contaría.
P: Muchos profesores temen que compartir historias personales en sus clases socave su autoridad o los haga parecer entretenidos, pero poco profesionales. ¿Qué les diría a quienes temen que contar historias no sea bueno para su prestigio académico?
R: Les diría que la autoridad no proviene del anonimato. Ser un desconocido para la gente no crea autoridad. Si crees eso, estás profundamente equivocado. Si crees que la autoridad se obtiene si no compartes ninguna cosa personal, no deberías contarle nada a tus propios hijos. En cambio, lo haces porque quieres que tus hijos sigan lo que haces y dices, y que crean en algunas cosas en las que crees. Es extraño pensar que cuanto menos me conozca la gente, más me respetará. Sucede todo lo contrario.
En cuanto al peligro de ser entretenido: no hay ningún peligro. Debemos ser entretenidos. Creo que cada vez que estás frente a un grupo, ya sean dos o 2.000, debes ser entretenido; no significa hacerlos reír, sino darles una razón para engancharse a lo que les explicas.
Suelo repetir esta frase: «Nadie quiere escuchar nada de lo que vas a decir, a menos que le des una razón para hacerlo».
El error que cometen muchos profesores es llegar al aula pensando que su trabajo es proporcionar información, pero no dan la oportunidad de que los alumnos se enganchen. Tu cometido es lograr que se entusiasmen, escuchen y quieran volver a clase al día siguiente.
Si solo haces eso, todo lo demás encaja. Si los estudiantes estarán deseando que llegue tu clase porque eres entretenido, lo que significa que les vas a proporcionar información que necesitan escuchar, vas a enseñarles algo útil para su vida, vas a despertar su curiosidad, o hacerles preguntas para que ellos las descubran… Hay muchas formas de entretener, pero eso es lo primero. Si haces eso, todo lo demás funciona de maravilla.
Cuando tenía profesores en prácticas, más jóvenes, no les permitía impartir una clase hasta que me dieran una razón por la cual los alumnos querrían escucharlos. Y, curiosamente, venían de la universidad dando por supuesto que la gente quiere escucharlos. Pero no es así. El problema es que la mayoría de los profesores eran magníficos estudiantes cuando estaban en la escuela. Iban a la escuela queriendo escuchar. Pero hemos de pensar en los estudiantes como yo, los que no querían ir a la escuela a aprender, sino sólo para crear problemas, pasar el rato con sus amigos y hacer deporte.
Esos son los estudiantes a los que debes llegar. Debes preocuparte por los que no les gusta estar allí todos los días. Has de darles una razón para que se entusiasmen con tu clase. Si haces eso, la vida se vuelve mucho más fácil. Intenta ser entretenido a toda costa. Así es como los alumnos se engancharán y aprenderán.

P: Los académicos son expertos en sus materias, pero muchos no se ven a sí mismos como contadores de historias. Dicen: “A mí no me va eso de actuar delante de la clase o no tengo historias que contar”. ¿Qué consejo les daría?
R: Lo primero que les diría es que el hecho de ser experto en química no significa que no seas un contador de historias. Todos nacemos contando historias.
Es como decir: «Soy experto en química, pero no respiro oxígeno».
«Soy experto en física, pero no como nada. Solo enseño». Contar historias es como comer y respirar oxígeno. Lo hacemos todo el tiempo.
Ya eres un contador de historias. Podrías subir de nivel tus habilidades, podrías convertirte en un mejor contador de historias, pero no digas que no lo eres.
Tampoco se trata de actuar en clase. Actuar es algo muy diferente. Es pretender ser alguien que no eres. Subes al escenario e interpretas la vida de otro ser humano. No le pido a la gente que haga eso. Tan sólo que sean ellos mismos y compartan algo emocionante de su vida.
La mayoría de los días tenemos algo que podríamos contar a los estudiantes. Nos ocurre algo que valdría la pena hablar con ellos. Ahora bien, hay días que valen más que otros.
Tengo sistemas para ayudar a la gente a encontrar historias en su vida cotidiana y a filtrar su pasado en busca de historias. Creo que todo el mundo debería hacer eso, quieras contar historias o no. Propongo un proceso llamado Deberes para la vida (Homework for Life), en el que vas a examinar tu vida todos los días y buscar el momento que merece la pena contar, incluso si no te pasó nada relevante.
Aunque decidieras ser un ermitaño, irte al bosque y no volver a hablar con otro ser humano durante el resto de tu vida, deberías hacer los “Deberes para la vida”. Porque lo que pasa en nuestra vida es que vivimos un día y luego nos olvidamos. Una semana después no recordamos nada de lo que hicimos.
Los trabajadores de cuidados paliativos me han dicho que, al final de la vida, uno de los mayores arrepentimientos de la gente es no haber vivido una vida lo suficientemente plena. Y creo que la mayoría de la gente probablemente sí vivió una vida plena, pero no recuerda ni una sola cosa. No recuerda ni lo que hicieron el jueves pasado. Ni cuando tenían 20 años. Por eso miramos hacia atrás en nuestras vidas y nos parecen vacías.
No aprovechamos la oportunidad de aferrarnos a los días, buscar historias y contárselas a los demás, aunque todo el mundo tiene muchas historias que contar. Si crees que no las tienes, es porque no has seguido el proceso de encontrar historias y aferrarte a ellas. Si lo sigues, te hará ser muy feliz. Todo el mundo tiene historias y todo el mundo es ya un contador de historias con mayor o menor habilidad.
Lo bueno de contar historias es que la mayoría de la gente no es muy buena contándolas, por lo que no has de sentirte mal por no contar bien una historia, porque todos los demás tampoco lo hacen bien. A menos que tengas a alguien como yo, que ha estado practicando el Storytelling desde los 10 años, puedes contar una historia un poco mediocre y la gente la disfrutará. No te preocupes por tu habilidad ni por la calidad de tus historias.
P: ¿Qué papel juega la vulnerabilidad? ¿Cree que compartir fracasos o defectos personales con los estudiantes puede crear una relación de aprendizaje más fuerte? ¿Y dónde deberían los educadores trazar la línea al compartir cosas personales?
R: La vulnerabilidad es absolutamente importante en un aula. Nadie quiere oírte presumir. Rara vez les he hablado a mis alumnos de mis éxitos a lo largo de los años porque nadie necesita escuchar eso. Si vas a presumir, no le vas a gustar a la gente. Deja que tus padres y tus amigos presuman de ti. Tú no digas cosas buenas de ti mismo.
Mi esposa es una firme defensora de esto. Cada vez que intento decir algo bueno sobre mí, me dice inmediatamente que me calle. Y me parece muy sabio.
Tampoco es útil para los estudiantes, porque muchas veces los alumnos están pasando por dificultades, escalando la montaña a mitad de camino, lidiando con problemas. Lo que quieren es que la persona que tienen delante entiende cómo se sienten.
Suelo contar historias sobre mis dificultades, mis fracasos, esos momentos en los que pensé que nunca sería capaz de hacer algo, cuando toda esperanza estaba perdida. Esas son las cosas que me gusta contarles a los niños porque, tengas 10 años y estés en educación infantil, o 25 y estés en la universidad, atraviesas dificultades.
En eso consiste aprender. Debemos transmitirlo a los estudiantes, hacerles saber que la dificultad es algo normal.
La frase que más uso en el aula es “Los errores son valiosos”, lo que significa que quiero que cometáis muchos errores porque cada vez que cometéis un error aprendéis, y probablemente todas las personas a vuestro alrededor también aprendan. Intento reflejarlo a través de mis historias: si voy a contar una historia en la que hago algo bien, siempre intentaré minimizarla.
Por ejemplo, si alguien me preguntara cómo llegué a ser un autor superventas internacional, nunca contaría esa historia. Pero le contaría el día en que estaba sentado en mi escritorio en la escuela cuando sonó el teléfono. Mis alumnos estaban fuera del aula y yo estaba corrigiendo exámenes. Respondí al teléfono. Era mi agente y me dijo: «Creo que acabamos de encontrar un comprador para tu primer libro». Esa frase me cambió la vida.
Esa es la historia de lo que cuesta ser autor, porque la gente entiende que a veces suena el teléfono y al otro lado hay una buena noticia. Eso es coger el concepto de novelista de éxito y reducirlo a “trabajaste duro y tal vez existe la posibilidad de que salga algo de ahí”. Las historias de éxito se pueden contar si se minimizan, si se hacen más comprensibles y cercanas. Esto es lo que contaría si fuera a contar una historia de éxito.
En cuanto a los límites con los estudiantes, tiene mucho que ver con tu nivel de comodidad como profesor. Enseño a niños de 10 años, por lo que obviamente hay ciertas historias que nunca les voy a contar a mis alumnos. Y luego hay historias que les contaré más adelante en el curso escolar.
Mis alumnos suelen entrar a clase sabiendo que una vez me arrestaron y me juzgaron por un delito que no cometí, y saben que estuve en la cárcel. Es algo conocido en mi escuela porque llevo allí 27 años. Todo el mundo lo sabe, pero los niños no conocen esa historia. Entran a clase el primer día y dicen: «Cuéntenos la vez que estuvo en la cárcel». Y replico: «Lo haré. Pero en junio». Es una historia para junio. Ya habéis pasado 10 meses conmigo y solo nos quedan un par de semanas, por lo que seré un poco más atrevido y os contaré cosas que nunca os contaría en septiembre.
Parte de ello depende de: ¿qué pueden asimilar mis alumnos en función de su edad y nivel de madurez? ¿Qué historias me resultarán útiles para mostrarme tal como soy? Y ¿en qué punto del curso escolar me encuentro? Tengo una historia sobre una vez que fui el stripper en una fiesta de despedida de soltera en un McDonald’s. Es una historia que nunca les he contado a mis alumnos. No necesitan saber que cuando tenía 19 años me quedé en tanga y bailé una canción de Madonna en la sala de descanso de un restaurante McDonald’s.
Hay mucho que decir sobre esa historia porque trata de un joven que piensa que la gente le considera atractivo y que le habían elegido por su físico, cuando tan sólo era un idiota. Es una buena historia para mostrar que entiendo lo que se siente cuando la gente no piensa que eres atractivo o no admira tu apariencia, o cuando te esfuerzas mucho en cómo te ves un día determinado, pero nadie parece prestarte atención.
De eso trata realmente esa historia. Pero elegiría una historia diferente para trasladar ese mensaje. No elegiría la historia del striptease en una clase de niños.
Sin embargo, si estuviera enseñando en la universidad, llegáramos al final del semestre y quisiera transmitir ese mensaje, les contaría esa historia a los universitarios. Por lo tanto, dependerá de dónde des clase, de qué edad y madurez tengan tus alumnos. Y también del nivel de aceptación por parte de la dirección del centro.

P: El semestre pasado escuché una conversación entre tres estudiantes. Hablaban entre ellas: «No entiendo a este profesor, su clase es terrible, no sé de qué habla». Otra añadió: «Le pido a ChatGPT que me explique la clase y me va bien». Y la otra: «Yo hago lo mismo, si tengo dudas, ChatGPT me da las resuelve». ¿Crees que contar historias es una forma de diferenciarnos de las herramientas de IA, que están influyendo en la educación?
R: Lo primero que veo en esa historia es que los estudiantes estaban en clase y el profesor les planteó preguntas que necesitaban respuesta. Sin el profesor, esos estudiantes no habrían sabido qué preguntarle a la IA para obtener respuestas claras y concretas. Así que ese profesor siguió cumpliendo un propósito: introdujo un tema, subrayó los contenidos, sembró ideas y preguntas en la mente de los estudiantes y los animó a buscar respuestas.
Hace 50 años, esos estudiantes habrían ido a una biblioteca, habrían cogido un libro, habrían empezado a leerlo, para resolver las preguntas de esa manera. Como ahora, los profesores seguían presentando contenidos que resultaban confusos para los alumnos y los estudiantes tenían que estudiarlo por su cuenta.
Lo distinto hoy es que no van a la biblioteca a abrir un libro; le piden a una herramienta que lo haga por ellos. No veo que sea muy diferente. Sin embargo, sí debemos asegurarnos de que los estudiantes encuentren valor en el aula. No queremos que empiecen a pensar que pueden usar la IA en vez de ir a clase.
Eso significa que la clase tiene que ser significativa. Los profesores tienen miedo de ser entretenidos. Em cambio, deberían tener miedo a NO ser entretenidos. Porque hay un propósito en la clase, que es estar con otros seres humanos y aprender. Lo que tenemos que hacer en clase es ser introducir ideas y fomentar la conversación y la conexión. En definitiva, los estudiantes salen al mundo y han de colaborar con otros seres humanos.
Tienen que comunicarse.
Tienen que saber lo que la gente dice y piensa.
Tienen que leerlo en sus rostros y en su lenguaje corporal.
Tienen que ser capaces de hablar con un jefe y comunicar bien.
Tienen que saber vender un producto.
Tienen que hacer todas estas cosas. El aula es el lugar donde se aprenden esas habilidades, junto con los contenidos de las materias que enseñamos.
El profesor de química tiene que asegurarse de que los chicos vengan a clase para dar los primeros pasos en el tema que le gustaría que aprendieran. Pero no debe molestarse si el siguiente paso va a ser, en vez de ir a la biblioteca a leer un libro, usar una herramienta que les ayude mejor que tener que ir a una biblioteca, abrir un catálogo de fichas, encontrar un libro y buscar la respuesta, que es como lo hacía cuando era niño, en los años ochenta.
Es valioso tener información al alcance de la mano y en herramientas capaces de traducir procesos complejos en ideas más simples. Pero el aula tiene que ser el lugar donde empieza todo eso.
La IA no es diferente de enviar a los estudiantes a casa con los deberes para que consulten libros y revistas. Se ha vuelto más fácil para ellos. Pueden abrir el móvil y hacerlo. Pero asegúrate de que la clase sea el lugar al que quieran acudir primero para plantear esas preguntas, donde se les incite a ser curiosos, y luego vuelvan al aula y comenten al profesor: «Esto es lo que averigüé con la IA. ChatGPT me enseñó esto. ¿Qué opina de esta idea?». La clase es el lugar idóneo para mantener esa conversación.
P: Si pudiera viajar en una máquina del tiempo para encontrarse consigo mismo cuando tenía solo 20 años, ¿qué consejo se daría? Es decir, ¿qué le diría el Matt del presente al Matt de 20 años?
R: Quiero ser cuidadoso porque no querría poner en riesgo mi versión actual de la vida.
Cuando tenía 20 años, me habían echado de casa a los 18. Pero a los 20 no estaba en la universidad, sino dirigiendo un restaurante McDonald’s. Quería ser escritor y profesor, y jamás pensé que ninguno de los dos sueños se haría realidad. Así que me lo pasaba bien con mis amigos, pero me sentía sin esperanza por dentro. También estaba a punto de ser arrestado y de quedarme sin hogar, así que eso no ayudaba.
A mi yo de 20 años le diría que la vida va a ser mejor de lo que podría imaginar y que tardará tiempo llegar allí. Pero que no pierda la esperanza, porque a los 20 sentía que mis sueños eran imposibles y ya había empezado a hacer concesiones. Entonces me planteaba: «No puedo ser profesor, pero soy un buen gerente de restaurante. Así que tal vez algún día pueda convertirme en formador de gerentes de restaurantes, y eso es algo parecido a ser profesor». Pero en realidad, no lo es.
Y también pensaba: “Nadie va a querer publicar mi libro, pero tal vez si escribo en estos sitios web y en las redes locales que estaban apareciendo… y si 12 personas a la semana leen lo que escribo, eso me convertiría en una especie de autor”.
Eso es lo que me decía a mí mismo porque ya me había dado por vencido con mis sueños.
A mi yo de 20 años le diría que no pierda la esperanza. Creo que muchos jóvenes hoy no tienen esperanza. Pero ten en cuenta que el momento que vives ahora será irrelevante en los próximos 50 años… No es nada comparado con lo que los próximos 50 años te tienen preparado. Por eso, lo que sientas ahora, no lo tengas demasiado en cuenta. Significa algo, pero no le des el peso enorme que a menudo le damos.
Tenemos que explicar a los jóvenes que hay giros todo el tiempo, que la vida puede sorprenderte de formas maravillosas, que no crean que el día de hoy lo es todo.

Aquí tienes disponible la entrevista completa con Matthew Dicks.