Innovar para seguir siendo relevantes. La tecnología como motor de transformación de los medios de comunicación
La transformación tecnológica de los medios no comenzó con la inteligencia artificial ni terminará con ella. Desde el nacimiento de la imprenta hasta las tecnologías punteras de nuestros días, la innovación ha sido decisiva para adaptar los medios a la demanda de las audiencias, para ampliar el alcance de la información, mejorar su calidad y acercarla a la ciudadanía. El reto actual consiste en aprovechar todas esas posibilidades sin perder de vista lo esencial, el periodismo, las personas y el derecho a acceder a una información y contenidos fiables, plurales y de calidad.

La innovación siempre ha formado parte de la historia de los medios
Hablar hoy de tecnología e innovación en los medios de comunicación parece hablar inevitablemente a la inteligencia artificial (IA). Su incorporación a las redacciones, su capacidad para automatizar tareas y su potencial para transformar la producción y distribución de contenidos han situado esta tecnología en el centro del debate sobre el futuro del periodismo. Sin embargo, reducir la innovación de los medios a la inteligencia artificial supondría ignorar tanto su historia como buena parte de los desafíos tecnológicos que determinarán su futuro.
La relación entre los medios de comunicación y la tecnología es mucho más antigua y profunda. La propia historia de los medios y la comunicación de masas es, en gran medida, la historia de sucesivas innovaciones tecnológicas que han permitido superar barreras de tiempo, distancia, capacidad de producción y acceso a la información. La imprenta revolucionó y multiplicó las posibilidades de difusión de un conocimiento hasta entonces reservado a poderosos y privilegiados. El telégrafo transformó la velocidad de transmisión de las noticias y favoreció el nacimiento de las agencias informativas modernas. La radio permitió llevar la información y el entretenimiento simultáneamente a millones de personas, mientras que la televisión incorporó la imagen en movimiento a la comunicación cotidiana hasta dar la realidad de lo que sucede en directo. La digitalización, internet y los teléfonos móviles supusieron otra revolución, al modificar no solo los procesos de producción y distribución, también los hábitos de consumo y la propia relación entre los medios y sus audiencias. La información dejó de estar vinculada exclusivamente a un soporte, un lugar o un horario.
Cada una de estas transformaciones exige inversiones (costosas y continuas, no hay fin), nuevas competencias profesionales, cambios organizativos y una adaptación de los modelos de negocio. También genera incertidumbres, resistencias y debates sobre su uso en las redacciones y sus consecuencias sociales. En ese sentido, la inteligencia artificial representa un nuevo capítulo de una transformación permanente, no una ruptura absoluta con el pasado. La experiencia histórica demuestra que la innovación tecnológica no es un elemento accesorio de la actividad de los medios, es una condición fundamental para su evolución, su competitividad empresarial y su capacidad de prestar un servicio relevante a la sociedad.
Mucho más que inteligencia artificial: conectividad, calidad y nuevas formas de distribución y consumo
En el actual ecosistema comunicativo innovar significa trabajar simultáneamente sobre múltiples tecnologías. Algunas son muy visibles para el público, como las aplicaciones móviles, las plataformas digitales (como Netflix o RTVEPlay) o los sistemas de recomendación. Otras, aunque menos conocidas, resultan imprescindibles para garantizar que los contenidos lleguen a sus destinatarios con calidad, continuidad y eficiencia. La evolución de las redes de telecomunicaciones, el despliegue del 5G, la fibra óptica, las comunicaciones por satélite, la computación en la nube y las nuevas soluciones de distribución audiovisual están ampliando las posibilidades de los medios.
En el ámbito de la radiodifusión, la Unión Europea de Radiodifusión (UER/EBU) ha venido destacando la importancia de disponer de infraestructuras de distribución robustas, ciberseguras, interoperables y capaces de garantizar el acceso universal a los contenidos, especialmente cuando se trata de prestar servicio público para toda la sociedad en hechos relevantes o catástrofes. Su trabajo, junto a las autoridades europeas y los reguladores nacionales, en áreas como la distribución de medios, los estándares técnicos, las redes móviles y la evolución de los sistemas audiovisuales refleja una realidad esencial y es que el futuro de los medios depende también de tecnologías que pocas veces son titulares. El desarrollo de 5G Broadcast, por ejemplo, abre posibilidades para distribuir contenidos audiovisuales mediante redes de difusión que permiten llegar simultáneamente, con alta calidad y una conexión estable, a numerosos receptores sin necesidad de establecer una conexión individual de datos para cada usuario. Del mismo modo, la gestión del espectro radioeléctrico sigue siendo una cuestión estratégica. Las frecuencias utilizadas para radio, televisión y servicios móviles son recursos muy limitados, además de estar ya aprovechados hasta el límite de sus posibilidades, y su planificación afecta directamente a la cobertura, la calidad de recepción, la competencia y la capacidad de garantizar servicios de comunicación accesibles a toda la población. Las decisiones sobre el futuro de las redes terrestres de radiodifusión, la convivencia entre distintas tecnologías de distribución y la asignación de frecuencias no son exclusivamente asuntos técnicos, tienen consecuencias económicas, sociales y democráticas.
También continúa avanzando la calidad de los contenidos. La ultraalta definición, el alto rango dinámico (HDR), las mejoras en la compresión audiovisual, el sonido inmersivo, las tecnologías de audio avanzado y las soluciones de producción remota permiten ofrecer experiencias más completas, optimizar recursos, ser medioambientalmente más sostenibles y adaptar los contenidos a diferentes condiciones de recepción, dispositivos y usuarios. No se trata únicamente de conseguir imágenes más nítidas o sonidos más envolventes. Una mejor tecnología puede facilitar la comprensión de los contenidos, reforzar la accesibilidad, reducir costes de producción y mejorar la eficiencia energética de las operaciones. La innovación, por tanto, debe contemplarse como un ecosistema en el que infraestructuras, estándares, dispositivos, contenidos y capacidades profesionales evolucionan de forma interdependiente y constante.

Estar donde están las audiencias, sin dejar a nadie atrás
Uno de los grandes cambios de las últimas décadas ha sido el desplazamiento desde un modelo en el que las audiencias se adaptaban a la oferta de los medios hacia otro en el que son los medios los que deben adaptarse a las necesidades, preferencias y circunstancias de los usuarios. Los informes Digital News Report del Reuters Institute for the Study of Journalism, de la Universidad de Oxford, han documentado la fragmentación del consumo informativo, el creciente protagonismo de las plataformas digitales y la importancia de los dispositivos móviles, especialmente entre las generaciones más jóvenes. En este contexto, los consumidores esperan acceder a la información en cualquier momento, desde cualquier lugar y a través del dispositivo o plataforma que les resulte más conveniente. Pueden escuchar noticias mientras se desplazan, consultar información en el teléfono móvil, ver un informativo en un televisor conectado “inteligente” o recibir contenidos a través de aplicaciones, plataformas de vídeo, pódcast y servicios digitales.
El objetivo de la innovación no debería ser simplemente multiplicar los canales de distribución y replicar el mismo contenido en ellos, sino garantizar que cada persona pueda acceder a los contenidos de la manera y forma que mejor responda a sus necesidades. Esto implica superar distintas barreras. La primera es la geográfica. La tecnología permite llegar a territorios alejados, comunidades dispersas o personas que viven fuera de su país de origen. Para ello resulta fundamental combinar redes terrestres, satelitales y de banda ancha teniendo en cuenta que ninguna tecnología resuelve por sí sola todas las necesidades de cobertura. La segunda barrera es la lingüística. Los avances en traducción automática, reconocimiento de voz y síntesis del habla ofrecen nuevas posibilidades para que los contenidos puedan difundirse en diferentes idiomas. Estas herramientas, utilizadas con supervisión humana, pueden contribuir a mantener y ampliar la diversidad cultural y a facilitar el acceso a información que antes quedaba limitada por la lengua original. La tercera es la accesibilidad. El subtitulado, la audiodescripción, la interpretación en lengua de signos, la mejora de la inteligibilidad del sonido o el desarrollo de interfaces adaptadas, entre otras posibilidades, permiten avanzar con garantías hacia una comunicación más inclusiva. Las tecnologías de reconocimiento automático del habla y de generación de subtítulos pueden acelerar estos procesos, aunque requieren controles editoriales y de calidad especialmente rigurosos en contenidos informativos. También es importante superar las barreras relacionadas con la edad, los recursos económicos, las competencias digitales o la disponibilidad de conectividad. No todo el mundo tiene acceso a los últimos dispositivos ni cuentan con conexiones de alta velocidad. Tampoco todos se relacionan con las plataformas digitales de la misma manera.
Por ello, la innovación debe combinar nuevas posibilidades de personalización con el mantenimiento de servicios sencillos, asequibles y accesibles. La radio y la televisión de recepción abierta, por ejemplo, siguen desempeñando una función relevante en términos de cobertura, acceso universal y resiliencia ante determinadas situaciones de emergencia, cuestiones determinantes en sociedades democráticas e informadas. Personalizar tampoco debería significar encerrar a la ciudadanía en universos informativos definidos exclusivamente por algoritmos o en las espinosas cámaras de eco. Los sistemas de recomendación pueden ayudar a descubrir contenidos relevantes, pero deben diseñarse respetando la privacidad, la diversidad de perspectivas, la autonomía y la decisión del usuario, sea cual sea. La verdadera innovación consiste en ampliar las posibilidades de elección, no en sustituirlas por decisiones tecnológicas opacas. Esta transformación de las audiencias se ha intensificado. El Digital News Report 2026 del Reuters Institute señala que, por primera vez en el promedio de los 48 mercados analizados, las redes sociales y las plataformas de vídeo son utilizadas para acceder a noticias por una proporción mayor de encuestados (54 %) que los sitios web y aplicaciones de los propios medios (51 %). El dato evidencia la necesidad de innovar en distribución, pero también el riesgo de que los medios pierdan el control de su relación con el público.
La inteligencia artificial, aliada del periodista, nunca sustituto de su responsabilidad
Dentro de este proceso de transformación, la inteligencia artificial merece una atención especial por las posibilidades que tiene para intervenir en prácticamente todas las fases de la actividad periodística. En las redacciones sus aplicaciones son numerosas, como la transcripción de entrevistas o ruedas de prensa, traducción de contenidos, búsqueda y clasificación documental, análisis de grandes volúmenes de datos y generación de gráficos con ellos, identificación de patrones, elaboración de resúmenes, generación de subtítulos, catalogación de archivos audiovisuales, adaptación de piezas informativas a diferentes formatos y plataformas,… en una larga lista que no deja de crecer cuanto más avanza la tecnología. También puede contribuir a la verificación mediante herramientas que ayudan a localizar fuentes originales, detectar posibles manipulaciones, comparar declaraciones con documentos o identificar inconsistencias. No obstante, estas capacidades no convierten a la IA en una fuente de verdad, sus resultados deben contrastarse con evidencias verificables y procedimientos periodísticos independientes.
En el ámbito audiovisual, la IA puede facilitar la recuperación de materiales históricos, mejorar la búsqueda dentro de grandes archivos, apoyar determinados procesos de edición y contribuir a la producción multilingüe. En las áreas de gestión, permite optimizar flujos de trabajo, analizar tendencias de consumo y apoyar la planificación de recursos. Su principal valor reside en liberar tiempo de tareas repetitivas para que los profesionales puedan dedicar más esfuerzo a aquello que constituye la esencia del periodismo: investigar, contrastar, contextualizar, interpretar, explicar y exigir responsabilidades a quienes ejercen el poder.
Pero las oportunidades vienen acompañadas de riesgos. Los sistemas de IA generativa pueden “alucinar”, producir informaciones incorrectas, inventar referencias, reproducir sesgos, utilizar indebidamente datos personales o generar imágenes y sonidos sintéticos difíciles de distinguir de los auténticos para dar una respuesta que siempre satisfaga a sus usuarios. El Reuters Institute ha constatado que las audiencias muestran mayor aceptación hacia el uso de IA como herramienta de apoyo a los periodistas que hacia la producción de noticias realizada principalmente por sistemas automatizados. Este resultado, recogido en el Digital News Report 2025, refuerza la importancia de mantener una intervención humana significativa.
Por ello, su incorporación exige políticas editoriales claras, con criterios que determinen qué usos están permitidos, cuáles requieren autorización, qué contenidos deben identificarse y quién asume la responsabilidad final. La transparencia resulta imprescindible, especialmente cuando se generan o alteran de manera sustancial textos, imágenes, voces o vídeos. Los medios deben explicar de forma comprensible a sus audiencias o a los reguladores cómo utilizan estas tecnologías cuando su intervención sea relevante para la interpretación del contenido. Igual de importantes son la protección de los datos personales y de las fuentes confidenciales, el respeto a los derechos de autor, la seguridad de los sistemas y la realización de auditorías para detectar errores o sesgos.
El principio rector debería ser inequívoco, la inteligencia artificial puede asistir al periodista, pero no debe diluir su responsabilidad editorial ni sustituir los criterios profesionales que sostienen su credibilidad y la del medio. Esto implica situar también al usuario en el centro. El ciudadano debe poder distinguir la información verificada de los contenidos sintéticos, comprender cuándo intervienen sistemas automatizados y confiar en que las decisiones editoriales responden a principios periodísticos y no únicamente a objetivos de eficiencia o rentabilidad o dictados por un algoritmo cuya “inteligencia” es opaca.

Innovar cuesta. Inversión, sostenibilidad y formación
La incorporación de tecnología en las empresas no es una decisión espontánea, requiere recursos económicos sostenidos, planificación en base a las necesidades y una visión estratégica a largo plazo. Las infraestructuras de producción y distribución, la actualización de equipos, las licencias de software, la ciberseguridad, los sistemas de almacenamiento, la conectividad,… representan inversiones significativas y procesos de implantación complejos, tanto por la tecnología como por los profesionales que van a utilizarlas. La innovación no consiste únicamente en adquirir soluciones tecnológicas, es necesario integrarlas en los procesos de trabajo, mantenerlas actualizadas, garantizar su interoperabilidad y evaluar, antes de adquirirlas, si realmente aportan valor. Incorporar una tecnología por el mero hecho de ser novedosa no constituye necesariamente una innovación útil como tampoco barata.
Esta cuestión resulta especialmente relevante para los medios pequeños y medianos, las organizaciones locales y aquellos operadores con menores recursos. Existe el riesgo de que la transformación tecnológica amplíe las diferencias entre las empresas con capacidad para invertir y aquellas que encuentran dificultades para mantener sus infraestructuras. La (necesaria) cooperación sectorial, el desarrollo de estándares abiertos, los proyectos compartidos y la colaboración entre medios, universidades, centros tecnológicos y proveedores pueden ayudar a reducir estas desigualdades y acelerar los procesos de transformación. También conviene evitar la dependencia excesiva de un número reducido de grandes plataformas tecnológicas. La soberanía sobre los datos, la capacidad de decisión editorial y la diversificación de los canales de distribución son cuestiones estratégicas para la independencia de los medios.
A estas necesidades se añade un factor decisivo, la formación. No basta con disponer de tecnologías avanzadas si los profesionales no cuentan con las competencias necesarias para utilizarlas de forma eficaz y responsable. Periodistas, técnicos, realizadores, editores, productores, directivos… necesitan actualizar continuamente sus conocimientos. Esta formación debe abarcar tanto las posibilidades prácticas de las herramientas y cómo benefician a la redacción y a las audiencias como sus limitaciones, sus implicaciones éticas y los cambios que introducen en la organización y flujos de trabajo. La innovación tampoco puede quedar aislada en los departamentos de innovación o técnicos. Para generar resultados reales debe integrarse en la cultura de toda la organización, fomentando la colaboración entre perfiles editoriales, tecnológicos y de dirección.
En España, RTVE constituye un ejemplo especialmente relevante de cómo la innovación tecnológica puede integrarse en la misión de un medio público. Su papel no consiste únicamente en incorporar nuevas herramientas a la producción de contenidos, sino también en explorar tecnologías que permitan mejorar la cobertura informativa, la calidad audiovisual, la accesibilidad, la eficiencia de los recursos y la distribución de contenidos a través de múltiples plataformas. Además la Corporación desempeña un papel destacado reforzando, mediante sus alianzas internacionales, especialmente con la UER, la cooperación, el intercambio de conocimiento y el desarrollo de tecnologías al servicio de una comunicación pública de calidad, especialmente en español.
La alfabetización mediática, una condición imprescindible
Si la formación de los profesionales es fundamental también lo es la capacitación de la ciudadanía, de las sociedades. La digitalización ha multiplicado las oportunidades de acceso a la información, pero ha introducido nuevas desigualdades y ha aumentado la complejidad del entorno comunicativo. La brecha digital ya no se limita a disponer o no de conexión a internet o del último móvil en el mercado. Incluye la calidad de esa conexión, la disponibilidad de dispositivos adecuados, las habilidades para utilizarlos y la capacidad de comprender, evaluar y aprovechar críticamente los contenidos que consumen en ellos.
En este escenario, la alfabetización mediática e informacional adquiere una importancia central y más cuando hablamos de democracias. No se trata únicamente de enseñar a manejar aplicaciones o dispositivos, sino de ayudar a las personas a distinguir hechos de opiniones, identificar fuentes fiables, reconocer contenidos manipulados, comprender el funcionamiento de los algoritmos y detectar estrategias de desinformación. La expansión de la IA generativa refuerza esta necesidad. La facilidad para producir textos, fotografías, vídeos y voces aparentemente auténticas exige nuevas capacidades para comprobar su procedencia y evaluar su credibilidad y en esta lucha los medios son parte de una solución que necesita de la participación de legisladores, academia, familias,…
La alfabetización debe dirigirse a todas las generaciones. Los jóvenes, aunque estén familiarizados con las plataformas digitales, no necesariamente poseen mayores capacidades para verificar información que los adultos. Las personas mayores pueden necesitar acompañamiento para utilizar nuevos servicios sin perder el acceso a sus medios habituales. Los propios medios tienen una responsabilidad en esta tarea. Pueden explicar sus procedimientos de verificación, hacer más transparentes sus decisiones editoriales, desarrollar contenidos educativos y colaborar con escuelas, universidades y organizaciones sociales. La educación mediática, además, debe ir acompañada de una responsabilidad equivalente por parte de las empresas tecnológicas y de las instituciones públicas. No sería razonable trasladar toda la carga de la protección frente a la desinformación al ciudadano individual. Una sociedad tecnológicamente conectada no es necesariamente una sociedad mejor informada. Para conseguirlo hacen falta medios responsables e independientes, profesionales preparados y ciudadanos capaces de ejercer un juicio crítico.

El futuro de los medios será tecnológico, pero deberá seguir siendo humano
El futuro de los medios de comunicación no dependerá de una única tecnología, aunque pueda parecer que la IA es el final de una larga carrera. Estará determinado por la combinación de redes, infraestructuras, dispositivos, formatos, narrativas, herramientas de producción, sistemas de distribución, nuevas formas de relación con las audiencias y, sobre todo, por algo tan elemental como medios y periodistas informado, entreteniendo y educando con rigor, responsabilidad, objetividad, independencia, pluralidad… aportando algo tan necesario como son la credibilidad y la confianza.
La inteligencia artificial tendrá un papel importante, pero también lo tendrán la evolución de la radiodifusión, el 5G y sus sucesores, las comunicaciones por satélite, la conectividad de alta capacidad, los sistemas audiovisuales avanzados, la ciberseguridad, la accesibilidad y las tecnologías que todavía están por desarrollarse. El desafío consistirá en aprovechar esa evolución para que la información llegue a más personas, en mejores condiciones y sin barreras como el territorio, el idioma, la capacidad, la edad o los recursos económicos. Para lograrlo serán necesarias inversiones sostenidas, políticas públicas que favorezcan la conectividad y el pluralismo, cooperación efectiva entre los distintos actores, estándares compartidos y una apuesta decidida por la formación y la alfabetización mediática.
La innovación verdaderamente valiosa no es la que incorpora más herramientas, sino la que permite cumplir mejor la función social de los medios. Porque, después de siglos de transformaciones, desde la imprenta hasta la inteligencia artificial, el objetivo esencial sigue siendo el mismo, hacer posible que todas las personas, estén donde estén y utilicen el dispositivo que utilicen, puedan acceder a una información fiable, comprensible, plural y de calidad y es ahí donde debemos estar los medios y profesionales de la comunicación.